domingo 20 de junio de 2010

La muerte está en toda partes

Tres noticias, una buena, una mala y una normal

La buena: se murió Monsiváis.
La mala: se murió Saramago.
La normal: familia cristiana mata al padre de la misma en disputa por el control remoto; él quería ver el partido; ellos querían su programación cristiana.

Pues sí, resulta que al fin el ridículo Carlos Monsiváis, al que algunos poco entendidos llaman neciamente “escritor”, no sólo era torpe con el lenguaje, también lo fue al escoger la hora de colgar los tenis, cuando el mundo literario y cultural mantenía luto por el portugués José Saramago, imposibilitando que alguien prestara atención a la obra maestra de Monsi: su propia muerte, tan esperada por muchos desde hacía igual número de años.

Sin afán de ofender, pero no hay comparación. Saramago era un escritor, mientras que Monsiváis era un bufón, incapaz de una línea clara y comprensible. Y si se lo llamó escritor, sólo cabe decir que es tan escritor como mi médico de cabecera a la hora de anotar mi receta o la vecina de al lado al redactar la lista de la compra. Pero siendo más estrictos, “escritor” es un título que se reserva al poeta, al cuentista, al novelista, al ensayista. El que redacta un artículo ininteligible para un periódico no es un escritor, es un reportero, a lo sumo, un articulista, del mismo modo que no es lo mismo un rey que un alcalde, aunque ambos sean gobernantes.

—Y aunque los dos vayan al baño.

Así es.

Sobre la muerte de Saramago, eso lo puedes leer en cualquier parte; hasta los buitres de TV Azteca lo mencionaron.

Y en una nota menos espeluznante: en Sudáfrica, un hombre fue muerto a golpes por su esposa e hijos al disputarse el control remoto del televisor, todo porque el interfecto quería ver un partido de futbol, en tanto que su familia quería ver la programación cristiana.

Ya lo he dicho desde hace 15 años: el cristianismo es un crimen que debería castigarse con la quema de iglesias, con ministros y fieles dentro, preferentemente, para evitar que la enfermedad se extienda a otras latitudes. Porque se ha descubierto que las religiones de información son virus que se extienden por contagio, y cuyos síntomas son: la estupidez, la sed de sangre, la necedad y la doble moral, males todos ellos que deben ser aniquilados por el bien de todos.

Que le gana un homenaje a este hombre, verdadero héroe caído antes las sanguinarias manos de dios y sus acólitos. No hay duda que se lo merece tanto como Monsiváis.

Y de paso que le hagan uno a Elenita Poniatowska; con suerte, hasta se muere.

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Además, estoy deprimido. Hace un par de minutos terminé el número 89 de Animal Man (DC/Vertigo; noviembre 1995), escrito por Jerry Prosser a partir del tomo 80. Fue el último número, y como siempre que se cancela (o que concluye) un buen cómic, me quedo con sentimientos encontrados: satisfecho por la lectura y amargamente dolido por la pérdida. Si yo hubiera tenido dinero hace quince años, y si hubiera conocido la existencia de tan maravillosas creaciones, hubiera hecho lo posible para que no llegara la tan temida cancelación. Pero no espero que ninguno de ustedes comprenda una palabra de lo que digo, estoy hablando de “high art”, no de puerilidades al estilo de Hombres Arañas, Equis y de Hierro.

Adiós, Buddy Baker; hasta que nos volvamos a encontrar. Tal vez en el guión que estoy escribiendo yo mismo.